Como otras noches, en uno de esos rituales que tanto nos gusta seguir a los hombres, preparaba el escenario para degustar un capítulo más de The Wire. Una Paulaner bien fría acompañada de sus correspondientes Lay's 'al horno' -gran descubrimiento- servían de atrezzo para el dramón de la HBO. Igual que me pasó con la cerveza, me costó acostumbrarme al sabor de la serie. Demasiado áspero y contundente como para que me gustase a desde los sorbos primerizos. Sin embargo, tras de haberme obligado a su consumición acabé por encontrarle el encanto primero, y a venerarla después.
Anoche disfrutaba del penúltimo capítulo de la maravillosa segunda temporada, la de los astilleros, cuando me reafirmé en un pensamiento que llevaba varios capítulos rondándome la cabeza. Frank Sobotka es uno de los mejores personajes de lo que llevamos de serie.
Gracias sobretodo a la excelsa interpretación de Chris Bauer, uno es capaz de ponerse en la piel de Sobokta para sentir su sufrimiento y apiadarse de él. Uno es capaz de sentir sobre hombros propios la pesada carga que soporta Frank, responsable de un sindicato que vive anclado en el pasado a la sombra de lo que fue.
Por si no fuera poco soportar las andanzas de un hijo al que se le adivina la desgracia a cada tumbo que da, parece creerse responsable del bienestar de todas las familias del gremio, por eso hace lo que hace y arriesga lo que arriesga, porque era la única salida que ofrecía su autopista profesional hacia el infierno.
No entendí que hablase de esta segunda temporada como de una tragedia griega hasta que comprendí que la de los Sobotka era una lucha contra lo inevitable. Y es que no es fácil observar el desmoronamiento de una vida dedicada a su trabajo sin tratar de sacar la nave a flote sea como sea. El grado de comprensión hacia él es máximo porque es lo que haría cualquiera en una situación desesperada.
Los matices de la interpretación de un hombre que traga con todas sus preocupaciones son brillantes. La sensación que ofrece de pararrayos humano, de ser quien soporte estoicamente toda la presión y preocupaciones que acosan a los estibadores sin presentar un solo atisbo de endeblez es la que hace que te solidarices con él. Es imposible mostrarse indiferente ante el compromiso de quien lo sacrifica todo pese a la presión que está obligado a engullir.
Probáblemente esta noche vuelva con mi ritual para finiquitar la historia de los muelles de carga de Baltimore. Lo haré con la certeza de adivinar el final del pobre Frank Sobotka, paralizado en mi mente en un encuentro con 'El Griego' marcado por un malentendido. Lo haré con la esperanza de que David Simon tuviese a bien sacarse de la manga un Deus ex-machina que libre a Frank de su destino.
Sobotka era un patriarca al que nadie (excepto quizas Horseface y Nicky) comprendia... Grande Frank !
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